domingo, 23 de diciembre de 2007

EL CAMPO DE AGUILAS


Es difícil olvidar el campo de Águilas de los tiempos cercanos al fin de la Guerra Civil. Las casas de los cortijos en las vaguadas y altozanos entre la costa y las cimas de las sierras que circundan Águilas estaban habitadas por campesinos procedentes de las tierras lorquinas. Mientras que muchos de los aguileños que vivían en el pueblo provenían de las provincias costeras de Almería, (Mojácar, Vera, Cuevas) y de Alicante (Villajoyosa, Villena) aquellos que poblaron nuestros campos eran originalmente del interior. En ellos residían las costumbres aragonesas, valencianas y manchegas que sus antepasados trajeron consigo cuando se asentaron en la Ciudad del Sol, tras su reconquista de los moros hace varios siglos.Las casas de campo, casi todas construidas en los siglos XVIII y XIX, eran de gruesos muros de piedra y cal, cubiertas de tejas onduladas, con ventanas de fallebas y sólidas puertas ribeteadas con clavos de grandes cabezas negras. Generalmente estaban rodeadas de palas (chumberas) y alcibaras (pitas) y en el ensanche, que siempre daba al sur, se veía la silueta redonda del chato horno moro donde se cocían tortas de cebada y pan candeal, junto a los cocones donde se almacenaba la paja para alimentar a las bestias (animales de carga). Llovía abundantemente en aquellos tiempos y el agua se aprovechaba eficazmente utilizando los métodos de origen árabe copiados de los riegos que los musulmanes habían traído de tierras africanas. Así se cosechaban hortalizas, grano (trigo, cebada y centeno) plantado en surcos hendidos por los campesinos usando el arado romano y una o dos mulas, y frutos, particularmente higos, almendras y algarrobas. Los higos verdales y orales maduros se extendían sobre un roal (pequeño círculo de terreno llano) llamado sequero para que el sol convirtiera su néctar en azúcar. Una vez listos, se aplastaban uno a uno en cajas de madera, entre palos de hinojo, donde se dejaban por varios meses hasta que curasen; después se podían comer enteros o convertidos en pan de higo casero. Éste consistía en higos y almendras cortados a pedacitos, ungidos con chorros de anís seco y espolvoreados con matalauva. Era costumbre en el pueblo utilizar los higos secos para quitarse el gusto (postre) después de las comidas; solos o insertando una almendra en el centro. En aquellos tiempos, la algarroba se usaba molida como ingrediente adulterante en la fabricación de chocolate. Mientras que en el pueblo todos tuvimos que pasar penalidades por falta de alimentos, las gentes del campo fueron los que menos sufrieron durante la Guerra ya que la tierra y los animales domésticos proveían lo necesario para su sustento.Habían pozos estratégicamente excavados cerca de las ramblas de donde se sacaba agua para riego y para abrevar el ganado por medio de norias de cangilones, de molinetas de aspas accionadas por el viento o tirando a mano de una cuerda encauzada en una polea. Los labradores eran expertos en las labores agrícolas de secano; sabían como injertar y podar árboles, como cuidar la sementera desbrozándola de cizaña y cenizos, como segar y trillar en la era las mieses en los meses de estío. Eran conocedores del tiempo. Creían en las predicciones del Almanaque Zaragozano y se guiaban por los dichos de los antiguos:· Reorde (círculo) lleva la luna con estrellas dentro, si a los tres días no llueve, poniente cierto.· Lo plantado en luna creciente, no germinado.· Plántense árboles en la luna de abril pero no sembrar semillas.· Nunca hay mal año por agua.Estas frases eran pasadas de generación en generación mientras las familias descascaraban almendra en la puerta de las casas a la luz de los luceros y un quinqué o bajo el reflejo luminoso de la luna plateada mediterránea.Entre estaciones, los campesinos salían de caza al desplegar la aurora sus dedos rosados. Las liebres se cazaban al ojeo con escopeta y galgo o usando red y hurón. La red cubría una boca de la madriguera mientras que por la otra se introducía el hurón, del que la liebre escapaba hasta quedar atrapada en la malla. Perdices y codornices también se cazaban al ojeo con perro pachón o agazapándose en un hacho (apostadero) con reclamo. Los pájaros se cogían en pozas con agua donde se disponía una red, que se camuflaba echándole tierra por encima, apuntalada por dos cañas y accionada por un hilo que se extendía hasta donde se ocultaba el cazador. Otro modo, menos eficaz, de cazar pájaros consistía en embadurnar espartos con una liga pegajosa hecha con pez griega, que se compraba en las droguerías de Tomás o de Juanito, junto con la raíz de una planta autóctona llamada visco que crecía en las ramblas. Los espartos se colocaban alrededor de la poza y, ocasionalmente, se adherían a las alas de los pájaros impidiéndoles que echaran a volar. Los colorines (jilgueros) eran los más preciados ya que se podían vender en jaulas para colgarlas en las casas.En el otoño se hacía la matanza. El chino (cochino), previamente castrado por el capaor (capador) para que engordara rápidamente, era degollado de manera que la sangre cayera lentamente en un lebrillo para seguidamente hacer con ella morcillas de cebolla y comerlas frescas o de arroz y colgarlas para ser curadas en las falsas de la casa. El gordo y los huesos del cerdo se salaban en orzas para ser usados en potajes y cocidos durante el invierno. El avío típico de los pastores era un trozo de tocino, un pedazo de pan y una mostrá (puñado) de higos macocos. Era costumbre que los labradores llevaran al amo (dueño de la finca) una muestra de longaniza, salchicha, butifarra, morcón, blancos o costillejas para la Pascua.Los sábados, las gentes de los parajes cercanos a Águilas bajaban al pueblo para vender huevos, gallinas, pavos, chotos, frutas, verduras y accesorios hechos con esparto: cestos, esparteñas, seras y cachuleros donde guardar caracoles chupaeros, serranos o boquinegros. La estampa típica de la mujer cabalgando a la jineta sobre un burro con la cabeza cubierta por un negro chal y el hombre a horcajadas en una mula tocado con un ancho sombrero de pálido color era común en la tarde de los viernes en los caminos que llevaban al pueblo. El mercado se extendía desde la esquina de la casa de Falange hasta pasada la plaza de abastos. Si tenían que pasar la noche, se hospedaban en la posada de San Antonio en la calle Rey Carlos después de comprar avíos en las tiendas del pueblo: telas de los Cueveros, hilos y abalorios en la mercería de don Pepito el del Siglo, ultramarinos en casa de Miguel Florenciano, quincalla en el puesto del Azafranero, ungüentos, píldoras y pomadas en la botica de Arcas y de don Juan Moreno o para visitar a los médicos de entonces: don Félix Belzunce, don Enrique Martínez, don Pepe Arcas o los hermanos Santamaría. En el verano se quedaban un par de días, haciendo en la arena de la playa casetas con cañas y mantas, para poder bañarse en la mar. Las mujeres lo hacían envueltas en sábanas o en sus enaguas que quedaban pegadas al cuerpo al salir del agua, quedando convertidas en húmedas siluetas reveladoras. Los hombres se bañaban en taparrabos. Por dos reales podían comprar chambis (mantecado helado entre dos rectángulos de barquillo), por una peseta cuernos y tetas de vaca en La Dulce Alianza, confitería del maestro Juan, y en la víspera del Día de la Virgen pequeños tacos de turrón en los puestos que ponían los jijonencos frente al Casino.Aquellos campos fértiles, aquellos cortijos y costumbres característicos de la Águilas de toda la vida han desaparecido hoy, habiendo dejado paso a los inevitables vehículos a motor, los cultivos bajo plástico, a las construcciones de ladrillo hueco, argamasa y cemento y a los rubios, inocuos nativos de tierras nórdicas. Desde la cima del Talayón o en el camino que lleva a Pinilla, como almas en pena, aún pueden verse las antiguas casas de campo moteando las laderas y llanos del campo de Águilas. Ahora casi derruidos, todavía pueden adivinarse los hornos, los corrales y las eras. Desafortunadamente, hornos sin pan, corrales sin ganado y eras sin trilladura
Fuente:Mateo Baena Casado de Aguilasnoticias.com a 15/05/2007

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